Por Jorge Gálvez ( Coordinador Nacional de Izquierda Soberanistas)
Toda formación social se estructura sobre contradicciones que determinan el carácter de la época y definen tanto el horizonte político como el sujeto histórico capaz de transformarla. El periodo actual, se expresa bajo dos contradicciones, la Fundamental, Capital–Trabajo, y la que marca el actual momento histórico, la Contradicción Principal, Globalismo Neoliberal versus Soberanía, es decir entre el capital financiero globalizado, sin Patria, desarraigado de toda nación y profundamente parasitario, y las naciones dependientes, sus pueblos, la Patria, trabajadores depositarios del trabajo vivo, de la producción material y social. De esta contradicción surgen las fuerzas transformadoras que sustentan el nuevo contenido histórico, el Sujeto Soberanista Popular, expresión concreta de la clase trabajadora ampliada y de todas las capas nacionales que sufren el despojo impuesto por el capital transnacional.
Durante el siglo XIX, el sujeto revolucionario fue claramente identificable, el proletariado industrial, concentrado en la gran fábrica y enfrentado directamente al capitalista propietario de los medios de producción. El carácter social del trabajo industrial, su disciplina colectiva y su inserción en el proceso productivo material hacían de esa clase la portadora de la conciencia revolucionaria universal, como explicó Marx en el Manifiesto Comunista. Sin embargo, el desarrollo posterior del capitalismo, su tránsito del capital industrial al capital financiero monopolista imperialista y finalmente a la globalización neoliberal, ha desarticulado las viejas formas del trabajo, dispersando y diversificando al proletariado y transformando radicalmente su entorno material y político.
Hoy el trabajo se terceriza, se precariza y se digitaliza. El capital ha roto la comunidad laboral, ha dispersado al trabajador en una masa atomizada, sometida a la lógica de la competencia y la inseguridad. Pero en esa misma dispersión germina una nueva unidad histórica. Porque el capital financiero, a diferencia del capital industrial nacional, ya no necesita a las naciones, las somete, las vacía, las convierte en simples plataformas de extracción de valor y recursos. Y ante esa ofensiva, la defensa de la soberanía nacional se convierte en una forma concreta de la lucha de clases contemporánea.
Así, la clase trabajadora ampliada, entendida no sólo como el obrero de fábrica, sino como el conjunto del trabajo social que produce y reproduce la vida (trabajadores precarizados, empleados públicos, técnicos, informales, digitales, cooperativistas, profesionales subordinados al capital), asume hoy el papel histórico de dirigir la defensa de la nación frente al capital apátrida. Como enseñaba Lenin, las formas de la lucha proletaria deben corresponder a las formas del capitalismo en su fase imperialista. Si el capital financiero se vuelve totalmente hegemónico en la globalización imperial, la lucha de las clases oprimidas debe reconstruir la soberanía nacional como trinchera de resistencia frente al dominio transnacional.
Pero esta clase no puede actuar sola, el despojo globalista afecta también a las capas medias productivas, a los pequeños y medianos empresarios y comerciantes, campesinos y profesionales nacionales, que ven cómo la apertura comercial, los tratados de libre comercio y la financiarización destruyen el mercado interno del cual dependen. En la medida en que se ven desplazados por las corporaciones multinacionales y por las cadenas de distribución global, estos sectores tienden a proletarizarse, a compartir los mismos intereses objetivos que la clase trabajadora. De allí la necesidad de un Bloque Histórico Soberanista, concepto que, siguiendo a Gramsci, implica la unión orgánica de las fuerzas sociales nacionales bajo una dirección política de la Clase Trabajadora.
El Sujeto Soberanista Popular es, por tanto, más que una suma de sectores, es una unidad política de carácter histórico, cuya existencia se funda en la contradicción entre dos poderes, el poder del capital financiero global, apátrida, parasitario, especulativo y destructor de la producción, y el poder de los pueblos trabajadores, anclado en el territorio, en la comunidad, en el trabajo concreto. Uno destruye naciones, el otro las reconstruye. Uno niega la historia, el otro la encarna.
El sujeto soberanista popular expresa, en consecuencia, el momento nacional de la lucha de clases mundial. La “revolución en su forma es nacional y en su contenido internacional”, Su combate por la soberanía, la independencia y el control de los recursos naturales no es un simple patriotismo simplista, sino una expresión material de la defensa del trabajo social frente al capital financiero. En este sentido, como lo hemos dicho anteriormente, las tareas nacionales se fusionan con el proyecto estratégico de la Clase Trabajadora, podríamos decir que la bandera nacional y la bandera roja se funden en una sola, porque la lucha por la soberanía se convierte en el camino concreto hacia la revolución socialista. La soberanía deja de ser un valor abstracto y se transforma en forma política del socialismo del siglo XXI, en la medida en que implica recuperar para el pueblo el control de la economía, del Estado y del destino histórico.
La Conciencia Para Sí del Sujeto Soberanista Popular
La conciencia del Sujeto Soberanista Popular no surge de manera espontánea. Como enseñó Lenin en ¿Qué hacer?, la conciencia revolucionaria no nace de la simple experiencia económica, sino que debe ser introducida desde fuera del proceso inmediato por una vanguardia política, capaz de interpretar la totalidad de las relaciones sociales y de elevar las luchas parciales a la lucha general por el poder. En el contexto actual, donde la dominación del capital financiero se reviste de discursos “progresistas woke”, “democráticos” o derechamente cavernarios y “globalistas”, la tarea de la vanguardia soberanista es desenmascarar el carácter de clase de estas ideologías, mostrando cómo el globalismo neoliberal no representa una “modernización” de las relaciones sociales, sino una nueva forma de colonización, más totalizadora que la anterior.
La conciencia soberanista emerge cuando las masas trabajadoras reconocen en el capital financiero global al enemigo común. No ya sólo al patrón inmediato, sino a una red transnacional que abarca bancos, corporaciones, organismos multilaterales, ONGs, fundaciones, medios de comunicación y fuerzas militares imperiales, todos operando como instrumentos de dominación ideológica y económica. El FMI, el Banco Mundial, la Unión Europea, la OTAN, o las agencias de calificación son expresiones institucionales de esta oligarquía financiera sin patria, que subordina a los Estados nacionales, destruye sus economías productivas y desarticula sus sociedades. En consecuencia, la defensa de la soberanía nacional no puede ser concebida como una causa conservadora, sino como la forma histórica concreta que asume hoy la lucha de clases en su dimensión internacional.
El Sujeto Soberanista Popular se define entonces por su misión histórica, recuperar la soberanía política, económica y cultural arrebatada por el capital financiero, y convertirla en base para la construcción de una sociedad socialista. Es decir, reconstruir el Estado nacional bajo dirección popular, orientando la economía hacia las necesidades colectivas y no hacia la acumulación privada de las transnacionales. Tal como Marx y Engels señalaron en El Manifiesto Comunista, el proletariado, al emanciparse, emancipa a toda la sociedad. En nuestro tiempo, la emancipación nacional es el inicio para la emancipación de clase. Sin independencia política ni control sobre los medios estratégicos, la clase trabajadora no puede realizar su misión histórica.
La soberanía, en este marco, no es sólo un principio jurídico o territorial, es una categoría económica y política. Implica el dominio del trabajo nacional sobre los recursos, las finanzas y los medios de producción; el derecho del pueblo a planificar su desarrollo, el control colectivo de los bienes comunes y la construcción de un modelo productivo independiente del capital transnacional. Por eso, el Sujeto Soberanista Popular no se limita a reivindicar el Estado-Nación existente, muchas veces deformado por el poder oligárquico, sino que busca refundarlo como Estado Soberano-Popular, expresión institucional del poder del trabajo y de la comunidad.
Esta refundación del Estado tiene como finalidad última la socialización del poder, es decir, la participación real de las masas en la dirección de la economía, la planificación y la gestión pública. En este punto, la soberanía se vuelve inseparable de la democracia socialista. No se trata de un retorno al nacionalismo burgués, sino de la construcción de una democracia soberana, en la que el pueblo organizado se convierte en sujeto de la historia. En términos gramscianos, el Sujeto Soberanista busca construir una nueva hegemonía, capaz de sustituir la dirección moral e intelectual del bloque globalista por una nueva dirección popular, patriótica y socialista.
Este proceso exige una forma superior de conciencia, la conciencia de que la lucha por el pan, por el salario, por los recursos naturales, por la educación pública, por la independencia monetaria o energética, la autodeterminación nacional, etc., son expresiones múltiples de una misma batalla, la batalla por la soberanía. Cuando el trabajador defiende la industria nacional frente a la importación indiscriminada, cuando el campesino lucha por la tierra frente al agronegocio, o cuando el estudiante defiende la universidad pública frente a la privatización, todos, aunque no lo sepan aún, están participando en una lucha soberanista. El papel de la vanguardia revolucionaria es unificar esas luchas dispersas, dotarlas de sentido histórico y elevarlas a un programa de poder.
De esta forma, el Sujeto Soberanista Popular se convierte en el portador del proyecto histórico de reconstrucción nacional. Frente al Estado Neoliberal, subordinado a los intereses externos, propone un Estado Soberano-Popular, basado en la propiedad social de los medios estratégicos, la planificación democrática de la economía y la participación organizada de las masas. Frente a la ideología individualista del mercado, reivindica la solidaridad de clase y de nación. Frente a la colonización cultural, promueve una identidad popular latinoamericana, mestiza, comunitaria y antiimperialista.
El Sujeto Soberanista no lucha sólo por restaurar la soberanía perdida, sino por transformarla en socialismo, momento cuando la Soberanía Nacional se reconcilia con la Soberanía Popular, en un Estado bajo el control de los trabajadores/as, es decir, por convertir la independencia política en independencia social. Como el proletariado del siglo XIX frente al capital industrial, el sujeto soberanista del siglo XXI debe cumplir la misión de destruir el orden imperial y construir uno nuevo, un orden basado en la cooperación entre naciones libres, en la integración latinoamericana y en la planificación colectiva del desarrollo.
