Jorge Galvez (Secretario General del Partido del Trabajo de Chile)
El sistema internacional atraviesa un punto de inflexión histórico. Estamos hablando del agotamiento estructural del orden occidental construido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado con la hegemonía neoliberal posterior a la caída del bloque socialista y de la URSS. Estados Unidos, lejos de encontrarse en una fase de recomposición estable, enfrenta una crisis existencial de su hegemonía, expresada en el plano económico, político, tecnológico, cultural y en el plano militar-estratégico.
El surgimiento de polos alternativos como los BRICS, la reconfiguración del comercio internacional fuera del dólar, la pérdida de control sobre amplias regiones del Sur Global y el desgaste de sus fuerzas armadas tras décadas de guerras periféricas sin victoria estratégica confirman que el imperialismo estadounidense ha entrado en una fase de decadencia. En este contexto, la idea de un “reparto del mundo” entre potencias, al estilo de los equilibrios imperiales clásicos, resulta errónea. No existe hoy una disputa entre imperialismos equivalentes, Europa y Japón han quedado subordinados y debilitados, lo que existe es un imperio en crisis que intenta sobrevivir mediante el saqueo.
La ofensiva estadounidense contra países soberanistas no responde ya a la lógica del libre mercado ni del intercambio desigual regulado. La etapa actual se caracteriza por un patrón de acumulación basado en el pillaje directo, donde sanciones, bloqueos, confiscación de activos, control de rutas energéticas, apropiación y robo de recursos naturales sustituyen a los mecanismos clásicos del comercio imperial. Avanzamos rápidamente en la superación del modelo neoliberal, por la acción del “Estado del Pillaje Imperial”
América Latina adquiere, en este escenario, un valor estratégico central. Sin el control de los recursos energéticos, hídricos, minerales y territoriales del continente, particularmente de países como Venezuela, Brasil, México y Colombia, Estados Unidos no puede sostener ni su economía, ni su capacidad militar, ni su pretensión de cercar a China y Rusia. El dominio imperial de los territorios como de Groenlandia, Canadá y el Caribe forman parte de esta misma ecuación geoestratégica.
Venezuela, en particular, concentra una combinación decisiva, enormes reservas energéticas, posición geográfica privilegiada, capacidad de resistencia política demostrada y una doctrina de defensa basada en la Guerra Popular Prolongada y la disuasión asimétrica. Por ello se ha convertido en objetivo prioritario del imperialismo, no solo en términos políticos o económicos, sino esencialmente militares.
El eje de resistencia y la lógica de la defensa avanzada
Cuba, Nicaragua y Venezuela conforman hoy un eje de resistencia estratégica en el hemisferio occidental. A ellos se suma la insurgencia colombiana como factor desestabilizador del control total del territorio por parte de Washington. La ofensiva contra estos procesos no es fragmentaria, responde a una lógica de eliminación de bastiones antes de avanzar hacia un control continental más amplio.
Una eventual derrota de Venezuela no sería un hecho aislado ni limitado a sus fronteras. Tendría efectos inmediatos, abriría las condiciones para una ofensiva directa contra Nicaragua y Cuba, y permitiría a Estados Unidos reconstruir un sistema de dominación regional indispensable para su estrategia global. Por el contrario, la capacidad de Venezuela de sostenerse y articular alianzas regionales bloquea esa posibilidad.
Desde el punto de vista militar-estratégico, esto sitúa a Venezuela no solo como país agredido, sino como territorio clave de contención del avance imperial. Su defensa no es únicamente nacional, es continental.
América Latina en el centro de la batalla estratégica global
Estados Unidos se repliega en América Latina para reordenar sus fuerzas, recuperar capacidades productivas y tecnológicas, y preparar una confrontación estratégica mayor contra Rusia y China. Sin embargo, esta estrategia enfrenta un límite histórico, ya no dispone del tiempo, los recursos ni la cohesión interna necesarios para recomponer su hegemonía imperial.
En este marco, los procesos soberanistas del Sur Global, incluyendo a Rusia y China, aunque con trayectorias y naturalezas distintas, actúan como factores de presión convergente. La derrota estratégica del imperialismo estadounidense, aun cuando se produzca de manera desigual y prolongada, beneficiará objetivamente a estos polos emergentes, al romper el cerco militar, financiero y tecnológico que Washington intenta imponer.
El rol histórico de Venezuela y la dimensión continental de la lucha
La historia ha situado a América Latina en el centro de una disputa decisiva. No es una elección voluntaria, es una determinación estructural del desarrollo del capitalismo en su fase terminal. En ese escenario, Venezuela aparece como uno de los pocos Estados de la región que ha asumido conscientemente su papel histórico, combinando soberanía política, identidad antiimperialista y preparación defensiva.
Hablar de un liderazgo venezolano en un levantamiento antiimperialista latinoamericano sería la articulación de un horizonte común de defensa y liberación. La experiencia histórica demuestra que los procesos emancipatorios aislados son derrotados uno a uno, solo la convergencia política, social y estratégica puede enfrentar con éxito a un imperio en retirada, pero aun extremadamente peligroso.
El camino inconcluso de los libertadores, Simón Bolívar, San Martín, O’Higgins, Manuel Rodríguez, reaparece hoy bajo nuevas formas, pero con un contenido similar, la lucha por la autodeterminación continental frente a una potencia externa que concibe a América Latina como su retaguardia estratégica. En esta etapa histórica, no se trata de elegir el conflicto, sino de comprender que ya está en curso, la guerra es inevitable.
La derrota del imperialismo estadounidense tendrá en América Latina uno de sus escenarios principales. Venezuela, por su posición, su historia reciente y su capacidad de resistencia, está llamada a desempeñar un papel central y liderar esa batalla estratégica del siglo XXI contra el imperialismo.
Una confrontación directa y convencional contra Estados Unidos favorece estructuralmente al imperialismo, porque ese tipo de guerra está diseñada a su medida. La superioridad tecnológica, el dominio del espacio digital, satelital y cibernético, la integración de inteligencia artificial en sistemas de mando y control, y el acceso a armamento de última generación convierten el campo de batalla convencional en un terreno profundamente asimétrico, el secuestro del presidente Nicolás Maduro lo demuestra. En ese escenario, el adversario impone los ritmos, los tiempos y las reglas del conflicto, transformando la guerra en un ejercicio de destrucción a distancia donde la correlación de fuerzas está previamente resuelta. Entrar en ese plano equivale a aceptar una derrota anticipada, porque se combate en el terreno donde el imperialismo es más fuerte.
Por el contrario, arrastrar al imperialismo a una guerra de ocupación territorial altera radicalmente esa ecuación. La ocupación prolongada desgasta al invasor no solo en términos militares, sino también políticos, económicos y morales. En territorios hostiles, donde la población se convierte en un actor central del conflicto, la superioridad tecnológica pierde eficacia frente a una Guerra Popular Prolongada basada en la persistencia, la organización social y la resistencia cotidiana. La lógica de este tipo de conflicto no se mide en batallas decisivas ni en victorias rápidas, sino en la incapacidad del ocupante para consolidar el control, normalizar la dominación y sostener los costos crecientes de la guerra. Históricamente, este tipo de desgaste ha demostrado ser uno de los límites estructurales del poder imperial.
Desde esta perspectiva, evitar la guerra donde el imperialismo concentra su ventaja estratégica, no significa renunciar a la confrontación, sino desplazarla hacia un plano donde la tecnología no puede sustituir la voluntad política ni la organización popular. El terreno “análogo”, entendido como el espacio concreto, social y territorial, obliga al invasor a exponerse, a administrar poblaciones, a enfrentar resistencias múltiples y a justificar permanentemente su presencia ante su propia sociedad. Allí, el conflicto deja de ser un problema técnico y se transforma en una crisis política de largo aliento. En ese desplazamiento del campo de batalla reside la posibilidad real de quebrar la lógica imperial, no mediante la fuerza bruta equivalente, sino mediante una estrategia que convierta su superioridad en una fuente permanente de desgaste y contradicción.
Es urgente asestar una derrota estratégica al imperialismo estadounidense, porque no solo se encuentra amenazada la seguridad de los pueblos de América Latina y la soberanía sobre sus recursos, sino que está en riesgo la propia continuidad de la humanidad. La persistencia de un orden imperialista depredador, sostenido por la guerra, el saqueo, el pillaje y la dominación, abre un horizonte marcado por la posibilidad real de la destrucción del planeta y la aniquilación de toda forma de vida, por el uso de armamento nuclear por parte de las elites que no miden sus acción por el ya inexistente derecho internacional, como dijo Donald Trump que “no necesita el derecho internacional” y que su poder solo está limitado por “Mi propia moralidad, mi propia mente”, lo dice quien carece de la absoluta ética y moral, un asesino y un pedófilo en serie.
Postergar esta tarea histórica equivale aceptar pasivamente un rumbo catastrófico. Por ello, resulta imprescindible que nuestra generación, junto a las fuerzas populares, soberanistas y revolucionarias, confluyan en un proyecto común cuyo eje central sea la derrota política, económica y militar del imperialismo. Solo una acción unificada, consciente y organizada puede abrir paso a un nuevo ciclo histórico fundado en la soberanía de los pueblos, la justicia social y la supervivencia misma de la humanidad.
