por Gustavo Paredes (Comité Central Partido del Trabajo de Chile)
Este artículo investiga los motivos sociológicos por los cuales los profesionales chilenos de las generaciones posteriores al golpe de Estado de 1973 —particularmente en filosofía, psicología, sociología y disciplinas de las artes y letras— abandonaron el paradigma socialista marxista y adscribieron a un paradigma socialdemócrata centrado en el “Estado de bienestar”.
Se argumenta que este tránsito no fue un simple giro ideológico, sino el resultado de una confluencia de factores estructurales, biográficos y de campo. Entre ellos destacan: la experiencia límite del exilio y la renovación teórica que propició; la reconfiguración del campo profesional y la demanda estatal de técnicos durante la transición; el peso de una socialización política marcada por la derrota y el posterior “desencanto”; y la eficacia de un marco interpretativo tecnocrático que desplazó la centralidad del conflicto de clase por la gestión de la cosa pública.
Introducción
El golpe de Estado de 1973 en Chile no solo clausuró violentamente un proyecto político, sino que provocó una fractura profunda en el campo intelectual y profesional del país. Una generación completa de cientistas sociales, humanistas y artistas vio interrumpidas sus carreras, sufrió exilio, persecución o la marginación de sus espacios de producción de conocimiento. Sin embargo, al recuperarse la democracia en 1990, una parte significativa de los profesionales que retornaron o que se formaron en los intersticios de la dictadura no reivindicó el paradigma marxista que había caracterizado a la izquierda chilena hasta 1973. En su lugar, adoptaron progresivamente un ideario socialdemócrata, reformista y gestor del “Estado de bienestar”.
Esta investigación busca responder: ¿Qué factores sociológicos explican que las generaciones de profesionales post-1973 en filosofía, psicología, sociología y artes y letras hayan sintonizado con la socialdemocracia del bienestar en lugar del socialismo marxista? El análisis se sustenta en una revisión de la literatura sociológica e histórica sobre el periodo, las trayectorias de la izquierda chilena y la reconfiguración del campo profesional en la postdictadura.
1. El exilio y la renovación teórica: la “socialdemocratización” del pensamiento crítico
Uno de los factores más determinantes fue la experiencia del exilio. Tras 1973, miles de intelectuales y académicos afines al gobierno de Allende se vieron forzados a abandonar el país. En Europa Occidental, particularmente en Francia, España e Italia, estos exiliados se insertaron en debates intelectuales que estaban redefiniendo la izquierda global: la crisis del marxismo-leninismo, el auge del eurocomunismo y la crítica a los “socialismos reales”.
Este proceso, conocido como la “Renovación Socialista”, implicó una autocrítica profunda sobre las causas de la derrota de la Unidad Popular. Se abandonó la tesis de la revolución violenta y se revalorizó la democracia formal y los derechos humanos como conquistas irrenunciables. La socialdemocracia, con su énfasis en el reformismo, la negociación y el Estado de bienestar, apareció como un horizonte viable y “civilizado” frente al maximalismo revolucionario que había conducido al desastre. Ernesto Ottone, figura emblemática de este tránsito, lo describió como pasar “de la revolución socialista al reformismo socialdemócrata”. Este marco renovado no fue solo una elección estratégica; se convirtió en el sentido común de una generación que buscaba evitar la repetición del trauma.
2. La demanda estatal y la tecnocratización del campo profesional
Con el retorno a la democracia en 1990, se abrió una ventana de oportunidad para los profesionales de las ciencias sociales y las humanidades. El nuevo Estado democrático requería cuadros técnicos capaces de diseñar, implementar y evaluar políticas públicas para abordar la “deuda social” acumulada durante la dictadura.
La transición catapultó a un sector de especialistas —sociólogos, politólogos, economistas— a un rol decisivo en la formulación de políticas. Figuras como José Joaquín Brunner, Eugenio Tironi o Ángel Flisfisch, muchos de ellos provenientes de la izquierda radical de los sesenta, se convirtieron en los arquitectos de la “transición desde arriba” y de la “política de los consensos”. Este proceso implicó una tecnocratización del quehacer profesional: el Estado dejó de ser concebido como un aparato a conquistar por la clase obrera, para convertirse en un agente de modernización que debía ser gestionado con eficiencia. La adscripción al paradigma del “Estado de bienestar” se volvió funcional a esta nueva identidad profesional: permitía justificar la intervención estatal sin recurrir a la retórica clasista, y ofrecía un lenguaje técnico (universalismo, focalización, equidad) que era aceptable tanto para el centro político como para los organismos internacionales.
3. La socialización política de la derrota y el desencanto
Las generaciones que se formaron profesionalmente entre 1973 y 1990 crecieron en un contexto de derrota política y clausura de los espacios de militancia. La dictadura prohibió los partidos, intervino las universidades y desmanteló los colegios profesionales. Para quienes estudiaron sociología o filosofía en esos años, el marxismo dejó de ser una herramienta de acción política para convertirse en un objeto de estudio casi arqueológico o en una fuente de reflexión académica desconectada de la práctica.
Al mismo tiempo, el neoliberalismo implementado por la dictadura transformó radicalmente el mercado laboral. La profesionalización se volvió una estrategia de supervivencia. Los egresados de ciencias sociales debían competir en un mercado que valoraba la adaptabilidad y las competencias técnicas por sobre el compromiso ideológico. Esta experiencia de “sociología rota” —como la denomina Oyarzo— generó una subjetividad profesional escindida: por un lado, la adhesión a valores de justicia social; por otro, la aceptación pragmática de las reglas del mercado y de un Estado que, aunque socialdemócrata en su discurso, operaba en un marco neoliberal.
4. La eficacia del paradigma socialdemócrata y la crisis del marxismo como proyecto
Finalmente, el paradigma socialdemócrata del “Estado de bienestar” ofreció una respuesta coherente a los desafíos de la postdictadura. Frente al colapso del “socialismo real” en Europa del Este y la evidencia de que la vía chilena al socialismo había terminado en dictadura, el marxismo perdió su capacidad de interpelar a las nuevas generaciones como proyecto societal totalizante.
La socialdemocracia, en cambio, prometía crecimiento con equidad, cohesión social y una alianza virtuosa entre Estado y mercado. Este ideario era compatible con la defensa de los derechos humanos y la democracia, y permitía a los profesionales de las humanidades y las ciencias sociales encontrar un nicho de influencia dentro del sistema. La adhesión al paradigma del bienestar no fue, entonces, una simple traición a los ideales juveniles, sino una reconversión identitaria que les permitió mantener un compromiso con lo público desde una posición viable en el nuevo orden social.
La crítica de James Petras al profesional como sujeto social en la postmodernidad es una pieza clave para entender el giro que se describe en la investigación. Su postura es una defensa ortodoxa del marxismo clásico frente a lo que considera una claudicación teórica y política del “intelectual colectivo postmoderno”.
5. El diagnóstico: el “posmarxismo” como ideología de la derrota
Para Petras, el auge del posmodernismo y del posmarxismo no es un avance teórico, sino un síntoma del retroceso político de la clase trabajadora tras el triunfo del neoliberalismo. Lo describe como una “posición intelectual de moda” que surge precisamente cuando el movimiento obrero pierde fuerza.
Su crítica central es que estas corrientes diluyen el concepto de clase social. Al centrarse en identidades fragmentadas (de género, raza, etnia) o en conceptos como el de “multitudes” de Hardt y Negri, se abandona el análisis del sistema capitalista en su conjunto. Petras argumenta que, si bien las divisiones de género, raza y etnia son importantes, los marxistas nunca las negaron; el error posmoderno es analizarlas fuera del marco de referencia de clase, como si una terrateniente y una campesina compartieran una “identidad” esencial por ser mujeres.
El sujeto social que Petras reivindica
Frente a este “giro posmoderno”, Petras insiste en la necesidad de volver al marxismo en la teoría y al análisis de clase. Su propuesta no es ignorar las opresiones específicas, sino entenderlas como puntos de partida que deben trascenderse para confrontar el sistema social que las genera.
Su visión del sujeto social en la postmodernidad es, por tanto, la de un sujeto revolucionario que no ha desaparecido, sino que ha sido desplazado. Petras sostiene que la lucha actual ya no se libra únicamente en las fábricas, sino entre el Estado y las clases desarraigadas en las calles y los mercados, desplazadas del empleo fijo. Reivindica a los movimientos campesinos y sin tierra de América Latina como clases modernas y dinámicas que plantean cuestiones de clase fundamentales, en contra de las interpretaciones posmodernas que los reducen a meros movimientos culturales o étnicos.
Esta crítica de Petras ilumina directamente el fenómeno que analizas. El abandono del paradigma marxista por parte de los profesionales chilenos post-1973 puede entenderse, desde su óptica, como una capitulación teórica ante el avance neoliberal. La socialdemocracia del “Estado de bienestar”, con su énfasis en la gestión técnica y las políticas focalizadas, sería una expresión de ese mismo “posmarxismo” que, al renunciar al análisis de clase, termina por conservar la sociedad burguesa en lugar de buscar su superación.
Conclusiones
El tránsito de las generaciones profesionales post-1973 desde el socialismo marxista hacia la socialdemocracia del bienestar se explica por una combinación de factores sociológicos: la experiencia del exilio y la renovación teórica que impulsó; la demanda estatal de tecnócratas durante la transición, que redefinió el rol del profesional de las ciencias sociales; la socialización en la derrota y el desencanto con los proyectos revolucionarios; y la eficacia simbólica y práctica del paradigma socialdemócrata como marco para gestionar el Estado en un contexto neoliberal.
Lejos de ser un fenómeno homogéneo, este proceso refleja la plasticidad de un campo profesional que, para sobrevivir y mantener su relevancia, debió adaptarse a las condiciones impuestas por la dictadura primero y por la transición consensuada después. La sociología, la filosofía, la psicología y las artes y letras chilenas de las últimas décadas son, en gran medida, el producto de esa adaptación.
En definitiva, para Petras, el sujeto social de la postmodernidad no es un actor nuevo profesional y emancipador, sino la clase trabajadora fragmentada y en retirada, a la que el pensamiento posmoderno, en lugar de rearmar teóricamente, contribuye a dispersar aún más.
Dejó abierta la discusión a la tesis planteada.
Referencias
· Casals Araya, M. (2018). Estado, contrarrevolución y autoritarismo en la trayectoria política de la clase media profesional chilena. Revista Izquierdas, (44), 1-24.
· Oyarzo Vidal, C. G. (2023). La sociología rota. Dimensiones biográficas del arduo camino del compromiso militante a la sociología profesional en la postdictadura. Revista de Sociología, 38(2), 31-56.
· Espinoza López, V. (2020). Abandono del marxismo en Chile: la renovación ideológica-teórica del Partido Socialista desde la construcción del Allendismo hasta los gobiernos de la Concertación (1958-2000) [Tesis de pregrado]. Universidad de Valparaíso.
· Rojas, F. (2020). Exilio y renovación: Transferencia política del socialismo chileno en Europa Occidental, 1973-1988. Ariadna Ediciones.
· Ciencias sociales y humanas (s/f). Cairn.info.
· El alma de la sociología chilena en las subjetividades profesionales (s/f). Redalyc.





